miércoles, 22 de junio de 2011
jueves, 16 de junio de 2011
lunes, 13 de junio de 2011
Por qué Confucio
A fines de marzo fue reabierto el Museo Nacional de China, luego de dos años de reparaciones y ampliaciones. Acompañando esta reapertura, el gobierno chino inauguró en la puerta norte del museo una enorme estatua de bronce de Confucio, el gran pensador chino que vivió entre los siglos VI y V a.C. y que marcó durante más de dos mil años la filosofía, la política y la educación del país.
La colocación de esta estatua fue tema de polémica. Confucio y sus ideas fueron combatidos desde el Partido Comunista Chino, especialmente en la época de la Revolución Cultural del presidente Mao, por representar a una China feudal y esclavista. Pero las cosas han cambiado mucho desde la muerte de Mao, y la “apertura” que el PC chino puso en práctica desde principios de los años 80 vuelve a poner a Confucio en un lugar de importancia: no sólo está la estatua (situada en un lugar más que simbólico: el museo es el más grande del mundo, y está al costado de la Plaza Tian’AnMen, donde se encuentra el mausoleo de Mao); Confucio da nombre también al instituto oficial de enseñanza del idioma y cultura chinos en el mundo (siguiendo el modelo del Goethe Institut o la Alianza Francesa).
Más allá de la evidente importancia de Confucio en la cultura china, ¿por qué el gobierno comunista lo erige como el ícono cultural después de haberlo negado?
Hay varias posibles respuestas.
La primera ya la subrayé varias veces en este blog: el gobierno comunista de hoy bien lejos está de las ideas y los tiempos de Mao.
Por otro lado, si bien existe una religión ligada al pensamiento confuciano, en realidad Confucio fue uno de los pensadores más laicos y seculares de China. Su pensamiento apunta siempre a la práctica (no le preocupa el “¿quién soy yo?” de los griegos sino el “¿qué tengo que hacer?”), y esa práctica debe estar orientada a mantener un equilibrio social. Es decir: exactamente lo que busca el gobierno hoy. Y que cada uno esté en su lugar cumpliendo su función, como bien lo dijo Confucio: “Que el gobernante haga de gobernante, el ministro de ministro, el padre de padre, y el hijo de hijo”.
Confucio fue un gran educador, y la tradición que él dejó marcó por siglos la educación oficial china, siendo los confucianos los redactores y jueces de los complicadísimos exámenes imperiales, que decidían quiénes podían y quiénes no podían ser funcionarios de la enorme burocracia imperial. Algo parecido sucede hoy con quienes quieren formar parte del Partido Comunista y a partir de allí del aparato estatal.
El pensamiento ético de Confucio enfatiza el amor y el respeto por el otro al mismo tiempo que se debe cumplir con los deberes personales, familiares y con el Estado. Este mensaje de respeto a la autoridad y de orden social encaja a la perfección en estos tiempos en que la sociedad china atraviesa tremendos cambios que pueden alterar la armonía propuesta desde el gobierno.
Feudal o no, Confucio y sus enseñanzas siempre fueron útiles al poderoso y centralista Estado chino; Estado que fue así de poderoso y de centralista ya en su época imperial como bajo el régimen actual.
La colocación de esta estatua fue tema de polémica. Confucio y sus ideas fueron combatidos desde el Partido Comunista Chino, especialmente en la época de la Revolución Cultural del presidente Mao, por representar a una China feudal y esclavista. Pero las cosas han cambiado mucho desde la muerte de Mao, y la “apertura” que el PC chino puso en práctica desde principios de los años 80 vuelve a poner a Confucio en un lugar de importancia: no sólo está la estatua (situada en un lugar más que simbólico: el museo es el más grande del mundo, y está al costado de la Plaza Tian’AnMen, donde se encuentra el mausoleo de Mao); Confucio da nombre también al instituto oficial de enseñanza del idioma y cultura chinos en el mundo (siguiendo el modelo del Goethe Institut o la Alianza Francesa).
Más allá de la evidente importancia de Confucio en la cultura china, ¿por qué el gobierno comunista lo erige como el ícono cultural después de haberlo negado?
Hay varias posibles respuestas.
La primera ya la subrayé varias veces en este blog: el gobierno comunista de hoy bien lejos está de las ideas y los tiempos de Mao.
Por otro lado, si bien existe una religión ligada al pensamiento confuciano, en realidad Confucio fue uno de los pensadores más laicos y seculares de China. Su pensamiento apunta siempre a la práctica (no le preocupa el “¿quién soy yo?” de los griegos sino el “¿qué tengo que hacer?”), y esa práctica debe estar orientada a mantener un equilibrio social. Es decir: exactamente lo que busca el gobierno hoy. Y que cada uno esté en su lugar cumpliendo su función, como bien lo dijo Confucio: “Que el gobernante haga de gobernante, el ministro de ministro, el padre de padre, y el hijo de hijo”.
Confucio fue un gran educador, y la tradición que él dejó marcó por siglos la educación oficial china, siendo los confucianos los redactores y jueces de los complicadísimos exámenes imperiales, que decidían quiénes podían y quiénes no podían ser funcionarios de la enorme burocracia imperial. Algo parecido sucede hoy con quienes quieren formar parte del Partido Comunista y a partir de allí del aparato estatal.
El pensamiento ético de Confucio enfatiza el amor y el respeto por el otro al mismo tiempo que se debe cumplir con los deberes personales, familiares y con el Estado. Este mensaje de respeto a la autoridad y de orden social encaja a la perfección en estos tiempos en que la sociedad china atraviesa tremendos cambios que pueden alterar la armonía propuesta desde el gobierno.
Feudal o no, Confucio y sus enseñanzas siempre fueron útiles al poderoso y centralista Estado chino; Estado que fue así de poderoso y de centralista ya en su época imperial como bajo el régimen actual.
domingo, 5 de junio de 2011
Danza de la lluvia
Ya hace unos cuantos años visité por primera vez la provincia de Jujuy en el noroeste argentino. Pocas horas después de llegar a la ciudad de Humahuaca, donde comenzaba nuestro recorrido por la región, comenzó a llover. Como turistas maldijimos el fenómeno meteorológico que nos obligaba a estar bajo techo o salir y empaparnos. Pero la gente del lugar parecía feliz y agradecida de que, junto con nosotros, llegara también el aguacero. Sucede que en la Quebrada de Humahuaca y en gran parte de la Puna no había llovido en dos años, a pesar de ser un clima con estación húmeda y estación seca. Las cosechas se habían perdido dos temporadas seguidas y el agua escaseaba en ciudades y pueblos. La razón de esta sequía no había sido un capricho de la naturaleza, sino la interesada mano del ser humano. No lo podía creer pero era cierto: durante dos años habían estado lanzando misiles a la atmósfera para evitar las lluvias y poder así completar sin obstáculos la construcción de un gasoducto que atravesaba la región.
Yo conocía la tradición de la cruz de sal para evitar la lluvia, pero esto de los misiles era para mí una novedad atroz.
Por eso no me sorprendió cuando hace unos meses, al poco tiempo de llegar a Beijing, se largó un diluvio que, todos me decían, era “provocado”. Igualito, con misiles, el gobierno chino hace llover o brillar el sol según la necesidad del momento. Es normal que en ciertas épocas del año estas lluvias provocadas sean también programadas: una vez a la semana el cielo se desploma y al rato se despeja nuevamente.
Por el contrario, cuando necesitaron sol, lo tuvieron y bien radiante: el día en que vino el Comité Olímpico Internacional para decidir si le daban a Beijing la sede de los juegos de 2008 (obviamente, lo lograron) o el 1º de octubre de 2009, cuando se celebraba con pomposos desfiles y un cielo casi artificialmente azul el 60º aniversario de la fundación de la República Popular China.
En la antigua mitología china, el dragón era una de las criaturas más importantes y veneradas, y entre otras cosas era el dueño de todas las aguas. Una de sus representaciones, Yinglong, era el dios de la lluvia, y a él se ofrecían oraciones y sacrificios para que cayera o dejara de caer el agua del cielo. En la China atea de hoy, las plegarias y sacrificios son reemplazados por misiles.
Yo conocía la tradición de la cruz de sal para evitar la lluvia, pero esto de los misiles era para mí una novedad atroz.
Por eso no me sorprendió cuando hace unos meses, al poco tiempo de llegar a Beijing, se largó un diluvio que, todos me decían, era “provocado”. Igualito, con misiles, el gobierno chino hace llover o brillar el sol según la necesidad del momento. Es normal que en ciertas épocas del año estas lluvias provocadas sean también programadas: una vez a la semana el cielo se desploma y al rato se despeja nuevamente.
Por el contrario, cuando necesitaron sol, lo tuvieron y bien radiante: el día en que vino el Comité Olímpico Internacional para decidir si le daban a Beijing la sede de los juegos de 2008 (obviamente, lo lograron) o el 1º de octubre de 2009, cuando se celebraba con pomposos desfiles y un cielo casi artificialmente azul el 60º aniversario de la fundación de la República Popular China.
En la antigua mitología china, el dragón era una de las criaturas más importantes y veneradas, y entre otras cosas era el dueño de todas las aguas. Una de sus representaciones, Yinglong, era el dios de la lluvia, y a él se ofrecían oraciones y sacrificios para que cayera o dejara de caer el agua del cielo. En la China atea de hoy, las plegarias y sacrificios son reemplazados por misiles.
Esta manipulación del clima me hace pensar en el efecto mariposa, la teoría del caos y la entropía. Sobre todo en estos tiempos de cambio climático y catástrofes naturales. De hecho, la noticia de estos días en China es la tremenda sequía en la cuenca del río Yangtze y las inundaciones en el sur. ¿Es que ahí no llegan los misiles de Beijing? O tal vez el dragón Yinglong esté bien enojado con los miembros del Partido.
jueves, 28 de abril de 2011
Escatológica
Si usted es impresionable o aprehensivo, si le molestan los olores fétidos y las conversaciones escatológicas, por favor no siga leyendo.
Ya he hablado en otras ocasiones de la comida: qué y cómo se come en China. Pero todo lo que entra sale, así que ahora me toca hablar, sí, de la caca. (Advertidos por segunda vez los impresionables: pueden dejar de leer aquí mismo. Después no se quejen.)
Así como la comida es una necesidad fisiológica –alimento– atravesada por la cultura, el otro extremo de la cadena digestiva también es una necesidad que no se lleva a cabo de igual manera en todos lados. Sí, el cagar también es cultural.
Y sin duda es una de las costumbres que más impresionan en China. Para empezar, aquí no es tan común encontrar lo que nosotros llamamos inodoro o water. Ese gran invento de occidente que hace cómodo y placentero el defecar, recién hace poco comenzó a instalarse en las casas chinas (no todas), y aún hoy es muy poco frecuente encontrarlos en baños públicos, incluso en restaurantes y bares. Sólo algunos centros comerciales muy modernos y ciertos restaurantes occidentalizados nos ofrecen baños como nosotros conocemos. ¿Y qué es lo que hay donde no hay inodoros? Letrinas. Ya casi inexistente en nuestros países occidentales (tal vez en el campo, o en lugares muy antiguos), la letrina, ese pozo a veces disfrazado con un poco de loza alrededor, es el cagadero más común en China, y aparentemente en todo el oriente (recuerdo que en la India los trenes tenían baños “eastern style” con letrina y “western style” con inodoro).
Pero bien, lo que más llama la atención no es el uso extendido de letrinas (ya desagradable e incómodo de por sí), sino el ritual defecatorio de los chinos.
Las letrinas (como los inodoros en nuestros países), se encuentran ubicadas en gabinetes, pero éstos no siempre tienen puertas. O sea que… exacto: uno entra al baño y puede ver cagando a los demás. Y si tienen puertas, de todas maneras los chinos no hacen uso de ellas, así que igualmente los verás ahí haciendo lo suyo. Y lo suyo no es sólo cagar: el ritual es estar de cuclillas (en una posición que parecen aprender de los monjes Shaolin, porque es extremadamente incómoda pero ellos la llevan con toda naturalidad), y a la vez que se alivia el intestino, necesariamente se hace otra cosa: leer el diario, mandar mensajes por celular, y/o fumar (lo más normal es dos cosas a la vez: diario/celular y pucho en mano). Sin contar los usuales gritos de placer que proyectan al expulsar a sus amigos del interior.
Por eso, para un occidental, entrar a un baño público en China puede ser una experiencia traumática. Pero a la vez uno se pregunta por qué me da asco eso, o que anden eructando o escupiendo por la calle, mientras para ellos es tan natural. No apliquemos juicios de valor: por ser así, los chinos no son peores que, por ejemplo, los franceses, que no se bañan. Es sólo una cuestión de costumbres.
Ya he hablado en otras ocasiones de la comida: qué y cómo se come en China. Pero todo lo que entra sale, así que ahora me toca hablar, sí, de la caca. (Advertidos por segunda vez los impresionables: pueden dejar de leer aquí mismo. Después no se quejen.)
Así como la comida es una necesidad fisiológica –alimento– atravesada por la cultura, el otro extremo de la cadena digestiva también es una necesidad que no se lleva a cabo de igual manera en todos lados. Sí, el cagar también es cultural.
Y sin duda es una de las costumbres que más impresionan en China. Para empezar, aquí no es tan común encontrar lo que nosotros llamamos inodoro o water. Ese gran invento de occidente que hace cómodo y placentero el defecar, recién hace poco comenzó a instalarse en las casas chinas (no todas), y aún hoy es muy poco frecuente encontrarlos en baños públicos, incluso en restaurantes y bares. Sólo algunos centros comerciales muy modernos y ciertos restaurantes occidentalizados nos ofrecen baños como nosotros conocemos. ¿Y qué es lo que hay donde no hay inodoros? Letrinas. Ya casi inexistente en nuestros países occidentales (tal vez en el campo, o en lugares muy antiguos), la letrina, ese pozo a veces disfrazado con un poco de loza alrededor, es el cagadero más común en China, y aparentemente en todo el oriente (recuerdo que en la India los trenes tenían baños “eastern style” con letrina y “western style” con inodoro).
Pero bien, lo que más llama la atención no es el uso extendido de letrinas (ya desagradable e incómodo de por sí), sino el ritual defecatorio de los chinos.
Las letrinas (como los inodoros en nuestros países), se encuentran ubicadas en gabinetes, pero éstos no siempre tienen puertas. O sea que… exacto: uno entra al baño y puede ver cagando a los demás. Y si tienen puertas, de todas maneras los chinos no hacen uso de ellas, así que igualmente los verás ahí haciendo lo suyo. Y lo suyo no es sólo cagar: el ritual es estar de cuclillas (en una posición que parecen aprender de los monjes Shaolin, porque es extremadamente incómoda pero ellos la llevan con toda naturalidad), y a la vez que se alivia el intestino, necesariamente se hace otra cosa: leer el diario, mandar mensajes por celular, y/o fumar (lo más normal es dos cosas a la vez: diario/celular y pucho en mano). Sin contar los usuales gritos de placer que proyectan al expulsar a sus amigos del interior.
Por eso, para un occidental, entrar a un baño público en China puede ser una experiencia traumática. Pero a la vez uno se pregunta por qué me da asco eso, o que anden eructando o escupiendo por la calle, mientras para ellos es tan natural. No apliquemos juicios de valor: por ser así, los chinos no son peores que, por ejemplo, los franceses, que no se bañan. Es sólo una cuestión de costumbres.
Se imaginarán que foto de esto no tenía.
lunes, 18 de abril de 2011
The Wall
Luego de un invierno largo y frío, donde pasear al aire libre era una actividad no muy placentera, finalmente llegaron el sol y el calor, y nos animamos a subir a la Gran Muralla china. Cerca de Beijing son varios los puntos de ella que se pueden visitar, algunos más turísticos, otros más abandonados. Nosotros, decididos a ir sin guía ni ayuda de locales, hemos comenzado por el punto más sencillo, la sección Badaling, a la que se llega en una hora de bus desde Beijing (más el tiempo que toma encontrar el ramal del bus 919 que te deje en la muralla, pero eso es un tema aparte, ya tratado en el blog China in China…).La Gran Muralla (o Chang Cheng en chino), no es en realidad una muralla sino un sistema discontinuo de muros y puntos de observación que atraviesa la China del norte de este a oeste. En en su rama principal, que va desde el golfo de Bohai en el mar de la China hasta el paso de Jiayuguan en la provincia de Gansu, tiene una longitud de 2.700 km, y contando todas las ramas secundarias visibles hoy día llega a los cinco mil kilómetros, pero se supone que en algún momento llegó a tener casi el doble. Ésta es la obra militar más extensa del mundo y la que más tiempo tardó en construirse, teniendo una historia de dos mil años de discontinua edificación. La construcción de muros defensivos comenzó en la era de los Reinos Combatientes (700-221 a.C.), pero el primer trazo continuo fue erigido sobre las ruinas de esos muros durante la dinastía Qin (221 a.C. al 206 d.C.), que fue la primera dinastía en unificar el territorio chino. El objetivo era defenderse de los pueblos no chinos provenientes del norte y del oeste, que saqueaban sistemáticamente el territorio. La obra fue luego continuada hacia el oeste por la dinastía Han. Algunas dinastías le dieron gran importancia, construyendo murallas en diversas direcciones orientadas según las oleadas invasoras de distintos pueblos, mientras que otras (en especial en el período que va del siglo V al siglo XV), la dejaron caer en el olvido. En el siglo XV los Ming revivieron la muralla reparándola y ampliándola para protegerse de los mongoles, y sus restos son los que se visitan hoy cerca de Beijing. A lo largo de los siglos y según la zona donde se emplazaba, la muralla fue construida con distintos materiales (tierra apisonada, piedra, ladrillos cocidos, etc.), por eso no podemos hablar de “una” muralla. La que visitamos en Badaling y en todos los puntos cercanos a Beijing, con sus muros y pasadizos de piedra y sus torretas de observación (que servían también para un sistema de comunicación con señales de humo), es bien distina a la que se encuentra cerca del desierto de Ordos, donde apenas queda un montículo de tierra.
Si bien el objetivo principal de la muralla fue frenar el avance de las invasiones, muchos historiadores coinciden en que, como obra militar, fue tan monumental como inútil. Muchas veces sus muros fueron franqueados y el territorio chino finalmente saqueado y hasta ocupado por mongoles y otros pueblos.
Lo espectacular de la muralla no es la muralla en sí. De hecho, las paredes no tienen una gran altura (tal vez 10 metros en sus partes más altas). El espectáculo de la muralla Ming es su emplazamiento y su longitud, siguiendo el perfil de las montañas, como una serpiente gigante recostada sobre las caprichosas formas de la naturaleza, hasta el horizonte y más allá. Lo que alguna vez nació para cortar el paisaje y poner un freno, hoy se funde con él armoniosamente. Como dice Peter Hessler en su libro Country driving, resulta difícil creer ese cuento de que la muralla puede verse desde la luna: pocas obras humanas están tan arraigadas en el paisaje terrestre como la Gran Muralla.
La muralla pudo haber sido un fracaso defensivo, pero fue un excelente medio de difusión de la cultura china hacia territorios que ocupaban otras etnias. Y luego fue objeto de intepretación política, significando cosas distintas para los emperadores, los nacionalistas, los republicanos, para Mao Zedong. Fue fuente de inspiración para los más grandes de la literatura: Borges y Kafka.
Y hoy, en esta China moderna con otras fronteras más fuertes y más efectivas que un muro de cinco mil kilómetros, es también un punto de atracción turística que en días feriados puede estar tan congestionado como el subte de Beijing en horas pico.
La muralla pudo haber sido un fracaso defensivo, pero fue un excelente medio de difusión de la cultura china hacia territorios que ocupaban otras etnias. Y luego fue objeto de intepretación política, significando cosas distintas para los emperadores, los nacionalistas, los republicanos, para Mao Zedong. Fue fuente de inspiración para los más grandes de la literatura: Borges y Kafka.
Y hoy, en esta China moderna con otras fronteras más fuertes y más efectivas que un muro de cinco mil kilómetros, es también un punto de atracción turística que en días feriados puede estar tan congestionado como el subte de Beijing en horas pico.
domingo, 20 de marzo de 2011
Sal
Hace un par de días me sorprendió el comentario de nuestro amigo chino Marco: "En mi pueblo (la región del Dongbei, el noreste de China) no hay más sal. Mis amigos me piden que les mande bolsas de sal desde Beijing". A lo que parecía un comentario alucinado, agregó De Long, uno de mis asistentes en la pastelería y encargado de las compras: "Tampoco en Beijing hay sal".
"¿Qué?–dije yo–, no puede ser. ¿Cómo no va a haber sal?". Por supuesto que ninguno de los dos supo explicarme el porqué (averiguar el porqué de algo es tarea harto difícil en China), pero pude comprobar el hecho cuando, algo desesperado, salí del trabajo y me dirigí a todos los mercaditos de la zona en busca del preciado cloruro de sodio. Nada. Ni una bolsita. Ni un grano. "Mei you yan", no hay sal, era la frase del día.
Aparentemente hubo una razón: a partir de la crisis nuclear en Japón, corrió la noticia de que la gente debía consumir altas cantidades de yodo para evitar la radiación. Bueno, la sal de mesa tiene yodo, por eso miles y miles de chinos salieron raudamente a comprar... sal, pensando tal vez que aumentando su ingesta podrían incorporar el yodo necesario para contrarrestar el efecto Fukushima. Nada más absurdo, por cierto. Lo que sí habrán incorporado es bastante sodio, lo suficiente como para no morir de radiación sino de hipertensión...
A la estupidez colectiva se sumó el rumor de que la sal proveniente de salinas del Mar de China podría estar contaminada por la radiación, por lo que la Corporación Nacional de la Sal de China retuvo el suministro por varios días, agravando la escasez. Finalmente la misma corporación comprobó que su sal estaba intacta y que podría volver a los mercados.
Fue tal la desesperación de la gente ante la escasez, que algunos que llegaron a pagar 100 yuanes (unos 15 dólares) por una bolsita de 250g, cuando el precio normal por esa cantidad es de 1 yuan.
Pasó casi una semana de esto, las existencias de sal en mi casa y en mi trabajo eran suficientes para esperar a que pasara la crisis, pero la verdad es que todavía no he comprobado si la situación se ha normalizado. De no ser así, comeremos la comida sosa o volveremos, como los antiguos romanos, a recibir nuestro humilde salario.
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